Un cuentecillo para empezar el día o para acabarlo

Quiero comenzar mayo dedicando este espacio a una querida amiga. Una compañera de camino, de profesión académica y de vocación literaria, y también claro, una hermana del alma. Hoy deseo destacar su gran imaginación y su talento como escritora.

Así  que a continuación os dejo el enlace de un chistoso cuentecillo  suyo sobre el suicidio y las amargas despedidas que tiene la vida. Como reconocimiento a su originalidad ha sido leído en el programa El ojo crítico de RTVE. La narración se encuentra en el minuto 32.07. Su nombre es Virgínia Rodríguez.

Hoy, para empezar el día o para terminarlo: literatura.

El ojo crítico (27.04.2012)

La ciudad de la lluvia

Cuando llegué a la ciudad de la lluvia era uno de esos extraños días en los que lucía un sol poderoso. Sus habitantes salían a la calle con sombreros de ala ancha, con el fin de protegerse de los potentes rayos solares que quemaban la piel e irritaban el carácter.  Se decía, sin embargo, que apenas comenzaba la tarde un rugido sobrenatural partía el cielo en dos, y en un abrir y cerrar de ojos, el terrible aguacero espantaba a cualquiera que anduviera desprevenido.

Yo venía de tierras áridas donde apenas caían cuatro gotas al año y la mañana que amanecía lluviosa se consideraba una fiesta local.  En esos escasos días, los chiquillos recuperaban las viejas katiuskas para jugar sobre los charcos y los adultos se afanaban en buscar los maltrechos paraguas para evitar los catarros,  mientras un denso tráfico colapsaba las calles, pues nadie sabía cómo andar bajo el chaparrón.

Así que aquella tarde en la ciudad de la lluvia yo aguardaba ansiosa el espectáculo del agua sobre mi cabeza. En la espera me preguntaba si sería una lluvia intensa, de las persistentes que alcanzan la noche o tal vez una lluvia fina, de esas que calan en la ropa y el alma. Con un poco de suerte-me decía, a tenor de las nubes oscuras que señoreaban el cielo aquella mañana-, tal vez se avecine una gran tormenta tropical.

Ya el reloj marcó más de la una, de las dos e incluso las tres y el ambiente seguía limpio y sin rastro de llovizna. Aquel día la lluvia caprichosa no quiso salir a lucir su cadencia hasta después del atardecer. Para ese momento yo ya me había enamorado de aquel viejo sol que se escondía entre las majestuosas montañas, y la lluvia entonces, asomaba en mis cautivados ojos.